El embarazo y el posparto provocan modificaciones profundas en la estructura y funcionamiento del cerebro femenino, un proceso biológico que favorece el vínculo materno y el cuidado del recién nacido, pero que al mismo tiempo incrementa el riesgo de desarrollar trastornos mentales, reveló una revisión publicada en los Archivos de Salud Mental Femenina de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.
Especialistas en neurociencia y salud mental señalan que la maternidad implica una etapa de alta plasticidad cerebral, en la que hormonas como los estrógenos, la progesterona, la prolactina y la oxitocina desencadenan transformaciones neuronales orientadas a fortalecer las capacidades de protección, empatía y apego hacia el bebé.
De acuerdo con investigadores del Instituto Nacional de Psiquiatría, en México dos de cada 10 mujeres padecen depresión durante el embarazo, reflejando la vulnerabilidad emocional que acompaña este proceso biológico.
Los estudios citados en la revisión indican que el embarazo, particularmente en madres primerizas, se relaciona con reducciones simétricas en el volumen de sustancia gris en diversas regiones de la corteza cerebral. Estas alteraciones pueden mantenerse hasta dos años después del parto y afectan zonas vinculadas con la llamada “Teoría de la Mente”, encargada de la cognición social y la comprensión emocional de otras personas.
Sin embargo, tras el nacimiento del bebé el cerebro entra en una nueva fase adaptativa. Durante los primeros meses del posparto aumentan los volúmenes de sustancia gris en áreas relacionadas con la motivación, el procesamiento sensorial y las funciones ejecutivas, cambios que dependen directamente de la interacción cotidiana con el recién nacido.
Los científicos han documentado que una percepción positiva del hijo puede generar incrementos en regiones como el hipotálamo, la amígdala y la sustancia negra, áreas asociadas con el apego, la recompensa y la regulación emocional.
La investigación también destaca que el contacto con el bebé activa intensamente el sistema cerebral de recompensa, generando respuestas hormonales relacionadas con placer y bienestar que fortalecen el vínculo materno-infantil. Paralelamente, se activan redes cerebrales de vigilancia y regulación emocional que permiten a la madre responder de manera protectora y sensible ante las necesidades del menor.
Además, las capacidades empáticas se fortalecen durante el posparto, facilitando la interpretación de emociones y estados mentales del bebé aun cuando éste todavía no puede comunicarse verbalmente.
No obstante, los expertos advierten que esta misma plasticidad cerebral puede aumentar la susceptibilidad a trastornos mentales. Factores como antecedentes psiquiátricos, estrés, falta de apoyo social, predisposición genética y fluctuaciones hormonales pueden detonar padecimientos como depresión posparto y ansiedad perinatal.
Las alteraciones observadas mediante estudios de neuroimagen muestran irregularidades en los circuitos cerebrales encargados de la regulación emocional y la motivación. En casos de depresión posparto, por ejemplo, se detecta una menor activación en regiones que responden a estímulos del bebé, situación que puede afectar la sensibilidad materna y la calidad del cuidado infantil.
Los especialistas subrayan que los patrones extremos de actividad en la amígdala —tanto muy bajos como excesivamente altos— también se relacionan con conductas menos adaptativas en la crianza.
La revisión científica enfatiza además que la maternidad trasciende la biología. Estudios en humanos y animales muestran que padres, familiares y madres adoptivas también desarrollan cambios neuronales vinculados al cuidado parental, incluso sin haber atravesado un embarazo.
En el caso de madres adoptivas, se han identificado respuestas cerebrales similares y elevaciones de oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, lo que confirma que el vínculo afectivo con los hijos puede construirse más allá de los cambios gestacionales.
Ante este panorama, especialistas insistieron en que la atención a la salud mental debe tener la misma relevancia que el seguimiento físico durante el embarazo y el posparto, debido a que el bienestar emocional de la madre impacta directamente en el desarrollo infantil y en la estabilidad familiar y social.