27 de August de 2026

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Parásitos intestinales: una amenaza silenciosa que puede llegar al cerebro

Los parásitos intestinales pueden estar mucho más presentes en la población de lo que comúnmente se piensa. Diversas estimaciones señalan que al menos una de cada tres personas en el mundo podría albergar algún tipo de parásito, principalmente en el sistema digestivo, aunque la proporción varía según las condiciones de saneamiento y acceso a servicios básicos.

Uno de los ejemplos es Blastocystis, un protozoo que puede habitar el intestino de seres humanos y animales. En países con buenas condiciones de saneamiento, entre 7 y 20 por ciento de la población puede ser portadora, mientras que en regiones con infraestructura sanitaria deficiente la proporción puede alcanzar entre 40 y 60 por ciento.

En algunas comunidades, incluso, la presencia del microorganismo puede ser mucho mayor. Una parte importante de las personas infectadas no desarrolla síntomas y desconoce que es portadora.

La transmisión de estos parásitos suele producirse por la vía fecal-oral, principalmente mediante el consumo de agua o alimentos contaminados. La ausencia de síntomas facilita que las infecciones permanezcan sin ser detectadas durante largos periodos.

Una infección que puede llegar al cerebro

Entre las parasitosis más graves se encuentra la neurocisticercosis, una infección del sistema nervioso central provocada por las larvas de Taenia solium, conocida como la tenia o “solitaria del cerdo”.

A diferencia de la infección intestinal por el parásito adulto, la neurocisticercosis ocurre cuando una persona ingiere los huevos de Taenia solium, generalmente como consecuencia de contaminación fecal-oral.

Una vez en el organismo, los huevos liberan larvas que atraviesan la pared intestinal y pueden desplazarse a través del torrente sanguíneo hasta distintos tejidos. Cuando llegan al sistema nervioso central, pueden formar quistes en el cerebro, la médula espinal o las meninges.

La enfermedad puede permanecer sin síntomas durante un tiempo, pero sus manifestaciones dependen de la cantidad, ubicación y estado de los quistes.

Convulsiones y alteraciones neurológicas

Entre los principales síntomas de la neurocisticercosis se encuentran las convulsiones, consideradas una de las manifestaciones más frecuentes y una causa importante de epilepsia adquirida en regiones donde la enfermedad es endémica.

También pueden presentarse dolores de cabeza persistentes, náuseas, vómitos, alteraciones visuales o de la sensibilidad, debilidad, confusión, pérdida de memoria y cambios en el comportamiento.

En casos complicados puede producirse hidrocefalia, es decir, una acumulación anormal de líquido dentro del cerebro que puede provocar aumento de la presión intracraneal, vómitos y alteraciones del estado de conciencia.

El diagnóstico requiere una evaluación médica que puede incluir estudios de imagen, como tomografía computarizada o resonancia magnética, además de pruebas de laboratorio.

El tratamiento depende de las características de cada caso y puede incluir medicamentos antiparasitarios, antiinflamatorios y anticonvulsivos.

La neurocisticercosis puede ser grave e incluso mortal cuando no recibe atención adecuada. Sin embargo, la infección puede prevenirse mediante medidas de higiene y saneamiento, como el lavado adecuado de manos, el consumo de agua segura y la correcta manipulación de alimentos.

Evitar la contaminación de agua y comida con materia fecal es una de las principales medidas para reducir el riesgo de transmisión de este tipo de parásitos.

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