Las siestas frecuentes, los episodios de sueño involuntario durante el día y ciertos patrones de descanso podrían estar relacionados con un mayor riesgo de desarrollar demencia en adultos mayores, de acuerdo con una investigación de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos.
El estudio, publicado en línea en la revista The Journals of Gerontology: Series A, dio seguimiento durante un periodo de hasta 10 años a 995 beneficiarios del programa Medicare, de 65 años o más, que no presentaban demencia al inicio de la investigación, en 2013. Para el análisis, los especialistas utilizaron información del Estudio Nacional de Tendencias de Salud y Envejecimiento de Estados Unidos.
Los resultados mostraron que las personas que tomaban siestas la mayoría de los días o diariamente presentaban un riesgo 48 por ciento mayor de desarrollar demencia, en comparación con quienes rara vez o nunca dormían durante el día.
Esta asociación se mantuvo después de considerar factores demográficos, condiciones de salud y características del sueño nocturno, entre ellas su duración, la somnolencia diurna y el riesgo de apnea obstructiva del sueño.
Los investigadores también identificaron que las siestas involuntarias, es decir, quedarse dormido sin planearlo, se asociaban con un riesgo 39 por ciento mayor de demencia. Por su parte, los descansos diurnos de 30 minutos o menos se relacionaron con un incremento de 40 por ciento en el riesgo.
Sin embargo, la asociación entre las siestas de más de 30 minutos y la demencia se debilitó al considerar las características del sueño nocturno, lo que apunta a la necesidad de analizar otros factores que podrían influir en estos resultados.
Adam Spira, autor principal del estudio y profesor del Departamento de Salud Mental de la Escuela Bloomberg, explicó que la frecuencia de las siestas podría ser un indicador de cambios cerebrales asociados con el desarrollo de la enfermedad, en lugar de constituir una causa directa de la demencia.
Los especialistas plantearon la posibilidad de que exista una relación bidireccional: por un lado, los patrones de sueño diurno podrían estar relacionados con el riesgo de desarrollar la enfermedad; por otro, los cambios neurodegenerativos que ocurren en sus primeras etapas podrían afectar las regiones cerebrales encargadas de regular la vigilia y provocar una mayor necesidad de dormir durante el día.
Para explorar esta hipótesis, el equipo excluyó los casos de demencia diagnosticados durante los primeros cinco años del seguimiento. Las asociaciones con las siestas frecuentes e involuntarias se mantuvieron en niveles similares, lo que sugiere que estos patrones podrían aparecer años antes del diagnóstico.
Kening Jiang, investigador posdoctoral del Departamento de Salud Mental de la institución y primer autor del artículo, señaló que el seguimiento de los hábitos de siesta podría convertirse en una herramienta accesible para identificar a adultos mayores que requieran una evaluación más detallada de su salud cognitiva.
No obstante, los investigadores subrayaron que los resultados son observacionales y no permiten afirmar que dormir durante el día provoque demencia. Además, los hábitos de sueño se obtuvieron mediante reportes de los propios participantes, susceptibles a errores de memoria, mientras que la identificación de los casos de demencia se realizó mediante un algoritmo de clasificación validado y no exclusivamente a través de diagnósticos clínicos.
Las investigaciones anteriores sobre el tema han arrojado resultados contradictorios: algunos estudios relacionan las siestas prolongadas o frecuentes con un mayor deterioro cognitivo, mientras que otros no encuentran asociaciones significativas o incluso señalan posibles beneficios de los descansos breves.
Ante estas diferencias, los autores consideraron necesario realizar nuevas investigaciones a largo plazo que combinen mediciones objetivas de las siestas y del sueño nocturno. El objetivo será determinar cómo evolucionan estos patrones en relación con la demencia y establecer si modificar los hábitos de descanso puede contribuir a retrasar o prevenir la aparición de la enfermedad.