El sobrepeso y la obesidad han dejado de ser considerados únicamente problemas metabólicos o cardiovasculares. Una nueva investigación científica advierte que el exceso de peso corporal también está asociado con un mayor riesgo de desarrollar demencia y deterioro cognitivo progresivo, incluso desde la mediana edad.
El estudio, publicado en The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism en colaboración con la Endocrine Society, identificó una relación directa entre un índice de masa corporal (IMC) elevado y el daño cognitivo, sustentada en mecanismos biológicos que van más allá de una simple correlación estadística. La investigación fue liderada por el doctor Iyas Daghlas y analizó datos genéticos y clínicos de más de 300 mil personas.
De acuerdo con los hallazgos, la obesidad puede contribuir al desarrollo de enfermedades como el Alzheimer y otras formas de demencia mediante procesos como la inflamación crónica, el estrés oxidativo y alteraciones en los niveles de insulina. Estos factores afectan estructuras clave del cerebro y comprometen funciones esenciales como la memoria, la atención y el lenguaje, además de reducir la plasticidad sináptica, fundamental para el aprendizaje y la adaptación neuronal.
Uno de los aspectos más preocupantes del estudio es que los efectos negativos sobre el cerebro pueden manifestarse mucho antes de lo que tradicionalmente se pensaba. Los investigadores señalan que el deterioro cognitivo podría comenzar a partir de los 45 años en personas con obesidad, especialmente cuando coexisten otros factores de riesgo como hipertensión, sedentarismo o trastornos metabólicos.
La Endocrine Society subrayó que la evidencia médica respalda una relación causal entre el sobrepeso y la demencia, lo que implica que la obesidad no solo acompaña al deterioro cognitivo, sino que podría actuar como un desencadenante directo. Estudios experimentales en animales han demostrado que dietas ricas en grasas favorecen la formación de depósitos amiloides y la pérdida de conexiones neuronales, cambios característicos del Alzheimer.
Aunque la relación entre obesidad y demencia es compleja, los expertos coinciden en que el exceso de peso incrementa el riesgo de padecer condiciones asociadas al daño cerebral, como la resistencia a la insulina, la mala irrigación sanguínea y los trastornos del sueño. Incluso en adultos jóvenes, un IMC elevado se ha vinculado con señales tempranas de disfunción cognitiva leve.
No obstante, la evidencia también ofrece un mensaje alentador. Diversos estudios indican que la pérdida de peso, la actividad física regular y la adopción de dietas antiinflamatorias, como la mediterránea o la DASH, pueden mejorar la función cognitiva o al menos ralentizar su deterioro. La prevención temprana, subrayan los especialistas, es clave para proteger la salud cerebral a largo plazo.
Ante este panorama, los expertos plantean la necesidad de replantear el abordaje clínico de la obesidad. Más allá de su impacto estético o cardiovascular, proponen considerarla como un riesgo neurológico y promover evaluaciones cognitivas tempranas en pacientes con sobrepeso, así como una mayor información sobre la relación entre peso corporal y función cerebral.
Los científicos concluyen que la obesidad no solo afecta al corazón y al metabolismo, sino que también puede inflamar y dañar al cerebro de forma silenciosa. En un contexto donde la salud mental cobra cada vez mayor relevancia, la investigación refuerza la idea de que la prevención del deterioro cognitivo comienza también con el cuidado del cuerpo y los hábitos de vida desde edades tempranas.