La Organización Mundial de la Salud (OMS) instó a los Estados miembros a reforzar y acelerar la implementación de políticas públicas que aseguren que los alimentos y bebidas ofrecidos en las escuelas sean saludables, seguros y nutritivos, como una estrategia central para mejorar la salud infantil y prevenir enfermedades no transmisibles a largo plazo.
El llamado acompaña la publicación de una nueva directriz basada en evidencia científica —WHO guideline on healthy school food environments— que busca transformar los entornos alimentarios escolares y consolidarlos como espacios protectores de la salud desde edades tempranas. De acuerdo con la OMS, la alimentación escolar no solo cumple una función nutricional inmediata, sino que influye de manera decisiva en el desarrollo cognitivo, el rendimiento académico y la formación de hábitos alimentarios que pueden persistir durante toda la vida.
“La alimentación de los niños en la escuela y los entornos que influyen en ella pueden tener un profundo impacto en su aprendizaje, así como consecuencias para su salud y bienestar a lo largo de la vida”, afirmó el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien subrayó que garantizar dietas saludables en la infancia es una de las intervenciones más costo-efectivas para prevenir enfermedades crónicas en la edad adulta.
El organismo recordó que los niños pasan una proporción significativa de su tiempo diario en los centros educativos, lo que convierte a las escuelas en espacios estratégicos para promover elecciones alimentarias saludables. A nivel mundial, se estima que alrededor de 466 millones de niños reciben comidas en la escuela, que en muchos contextos representan una parte sustancial —e incluso la principal— de su ingesta diaria de energía y micronutrientes.
Sin embargo, la OMS advirtió que la información sobre la calidad nutricional de estas comidas, así como sobre el contenido de azúcares libres, grasas saturadas y sodio, sigue siendo limitada y desigual entre regiones. Por ello, la nueva directriz recomienda establecer normas obligatorias que incrementen la disponibilidad y el consumo de alimentos saludables dentro de las escuelas, al tiempo que se restringe de forma estricta el acceso a bebidas azucaradas y productos ultraprocesados.
Además, el documento propone intervenciones conductuales basadas en evidencia, conocidas como nudges, para incentivar elecciones más saludables entre los estudiantes, como modificar la ubicación y presentación de los alimentos, ajustar los precios relativos y utilizar señalización clara que facilite decisiones informadas.
Uno de los ejes centrales de la directriz es enfrentar la doble carga de la malnutrición: la coexistencia de desnutrición, deficiencias de micronutrientes, sobrepeso y obesidad. Según datos de la OMS, en 2025 aproximadamente uno de cada diez niños y adolescentes en edad escolar vivía con obesidad a nivel mundial, lo que equivale a cerca de 188 millones de menores, superando por primera vez el número de niños con bajo peso.
Pese a los avances normativos, el organismo alertó sobre brechas importantes en la implementación. En octubre de 2025, 104 Estados miembros contaban con alguna política de alimentación escolar saludable, pero solo 48 países habían adoptado medidas que restringen explícitamente la comercialización y promoción de alimentos altos en azúcares, sal y grasas no saludables dentro o en los alrededores de las escuelas. La OMS advirtió que la exposición a este tipo de publicidad puede incrementar hasta en 30 por ciento la preferencia infantil por productos ultraprocesados.
Finalmente, la OMS señaló que apoyará a los países en la adaptación e implementación de la nueva directriz mediante asistencia técnica y cooperación intersectorial. Subrayó que los programas de alimentación escolar bien diseñados no solo mejoran la nutrición infantil, sino que también se asocian con un aumento de entre 9 y 10 por ciento en la asistencia escolar y con mejores resultados cognitivos y de aprendizaje, especialmente en países de ingresos bajos y medianos.