La gigantesca mancha de basura del Pacífico norte está provocando cambios perceptibles en la coloración del océano, donde el agua presenta tonalidades más verdes y azules, hasta adquirir matices cian, debido a la elevada concentración de microplásticos.
Así lo revela una investigación internacional coordinada por científicos de la Universidad de Bergen, Noruega, quienes analizaron un amplio volumen de información satelital para identificar modificaciones en el color del agua dentro de esta extensa zona de acumulación de residuos plásticos.
Los resultados, publicados en la revista científica Communications Earth & Environment, muestran que el incremento de las tonalidades verdes y azules coincide con las áreas donde se registra una mayor concentración de microplásticos, en comparación con las aguas oceánicas circundantes.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores desarrollaron modelos que permitieron evaluar cómo las partículas plásticas influyen en las propiedades ópticas y el brillo del océano, además de determinar si los cambios observados podían explicarse por causas naturales.
Las simulaciones encontraron una relación entre las modificaciones de color y las zonas con mayor presencia de microplásticos. Sin embargo, los científicos reconocieron que existen diferencias entre algunas estimaciones satelitales y que los factores ambientales también pueden influir en la coloración del agua, por lo que consideran necesarias mediciones directas para confirmar los hallazgos.
La gran mancha de basura del Pacífico se encuentra en alta mar, entre las costas de California y Hawái, y se forma por la acción de un enorme sistema de corrientes oceánicas que arrastra y concentra residuos en una misma región. Su extensión puede alcanzar, según distintas estimaciones, hasta 3.4 millones de kilómetros cuadrados, más de seis veces la superficie de España.
Uno de los principales desafíos científicos consiste en medir la contaminación ocasionada por partículas de menos de 300 micrómetros, debido a que su diminuto tamaño dificulta su identificación y recolección mediante métodos convencionales.
En este contexto, Anna Sánchez Vidal, catedrática de la Universitat de Barcelona e investigadora en Geociencias Marinas, consideró que el estudio abre una posibilidad prometedora para monitorear desde el espacio los microplásticos más pequeños, precisamente aquellos que resultan más difíciles de muestrear y que pueden incorporarse con mayor facilidad a la cadena alimentaria.
No obstante, la especialista señaló que será necesario validar las observaciones satelitales mediante campañas oceanográficas y comprobar si la metodología funciona en otras regiones, particularmente en zonas costeras, donde los sedimentos, la materia orgánica y el fitoplancton también modifican el color del agua.
Por su parte, Andrés Cózar Cabañas, catedrático de Ecología de la Universidad de Cádiz e investigador del Instituto de Investigación Marina (INMAR), expresó reservas sobre las conclusiones del trabajo.
El investigador explicó que el estudio identifica una correlación estadística entre las señales detectadas por los satélites y las tendencias de concentración de microplásticos registradas en campo, pero consideró discutible establecer una relación directa de causa y efecto.
También advirtió que las concentraciones de microplásticos podrían ser insuficientes para que los sensores satelitales actuales las detecten directamente, especialmente cuando se utilizan equipos con baja resolución espacial, por lo que otros factores ecológicos o metodológicos podrían estar influyendo en las señales observadas.
Pese a las diferencias de interpretación, la investigación plantea una alternativa para mejorar la vigilancia de la contaminación marina y avanzar en el desarrollo de herramientas que permitan identificar desde el espacio la presencia de partículas plásticas que representan una amenaza para los ecosistemas oceánicos.