Una investigación encabezada por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) plantea una nueva hipótesis sobre el posible papel que desempeñan las lluvias intensas en el desencadenamiento de algunos sismos locales en la Ciudad de México, particularmente aquellos registrados en mayo y diciembre de 2023, los de mayor magnitud ocurridos en la capital desde el terremoto del 19 de septiembre de 2017.
El estudio, publicado en la revista científica Geophysical Journal International y retomado por El Pais, fue posible gracias a la implementación de la tecnología de Sensores Acústicos Distribuidos (DAS, por sus siglas en inglés), que convirtió la red de fibra óptica que conecta las supercomputadoras Miztli, Xiuhcoatl y Yoltla en más de 2 mil 200 sensores sísmicos distribuidos bajo el Valle de México.
Durante un periodo de 15 meses, entre 2022 y 2023, el sistema registró miles de vibraciones del subsuelo con una precisión inédita. Mediante pulsos de láser enviados a través de cables de fibra óptica subterráneos, los investigadores pudieron detectar deformaciones provocadas por movimientos del terreno, multiplicando la capacidad de monitoreo sísmico de la ciudad.
El geofísico Mathieu Perton, del Instituto de Ingeniería de la UNAM y líder del proyecto, explicó que esta tecnología permite obtener cientos de mediciones simultáneas de un mismo evento, lo que facilita localizar con mayor exactitud el origen de sismos de baja magnitud que anteriormente pasaban desapercibidos.
Al cruzar la información generada por el DAS con registros de precipitaciones de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) y datos sobre los niveles de los acuíferos, los investigadores identificaron una correlación estadística entre lluvias intensas registradas al final de la temporada seca y algunos movimientos sísmicos ocurridos cuando los mantos acuíferos presentaban niveles particularmente bajos.
Los resultados cuestionan una de las teorías más difundidas, según la cual el agua infiltrada lubricaría directamente las fallas geológicas de Mixcoac y Barranca del Muerto para generar los temblores. El análisis mostró que la mayoría de los sismos detectados en mayo de 2023 no se alinearon con dichas fallas, por lo que esa explicación perdió fuerza.
En su lugar, los científicos proponen que las lluvias extraordinarias recargaron rápidamente los acuíferos en la zona oriente del Valle de México, particularmente en las laderas de la Sierra de las Cruces, generando diferencias de presión entre distintas regiones de la cuenca. Ese desbalance habría provocado una compresión suficiente para desencadenar los sismos registrados el 11 de mayo de 2023, incluido el doblete de magnitud 3.2.
Los investigadores destacan que, aunque estos movimientos fueron de baja magnitud, otro estudio publicado en la revista Tectonophysics documentó que generaron aceleraciones del terreno superiores a las registradas durante el sismo de septiembre de 2017 en algunas zonas, debido a las características sedimentarias del subsuelo capitalino. No obstante, la corta duración de los eventos evitó daños de mayor consideración.
El sismólogo Luis Quintanar, del Instituto de Geofísica de la UNAM y coautor del estudio sobre aceleraciones sísmicas, consideró que los nuevos hallazgos justifican revisar las normas de construcción en el oriente de la Ciudad de México, aunque reconoció que aún se requieren investigaciones adicionales para comprender plenamente la interacción entre hidrología y actividad sísmica.
Por su parte, Perton estimó que la ausencia de grandes fallas geológicas en la zona limita la posibilidad de que se produzcan terremotos de gran magnitud por este mecanismo, por lo que el riesgo estaría acotado a eventos similares al registrado en 2023.
Ambos especialistas coincidieron en que, si la hipótesis se confirma mediante futuras investigaciones, una mejor gestión de los acuíferos urbanos y una mayor infiltración del agua de lluvia podrían contribuir a reducir los desequilibrios de presión en el subsuelo y, con ello, disminuir la probabilidad de algunos sismos locales.
No obstante, la comunidad científica mantiene cautela. Haipeng Li, geofísico de la Universidad de Stanford, quien no participó en el estudio, calificó a la Ciudad de México como un «laboratorio natural extremo» para comprender la interacción entre hidrología, sedimentos y actividad sísmica, aunque advirtió que la tecnología DAS «es poderosa, pero no mágica» y que aún enfrenta retos relacionados con el procesamiento e interpretación de grandes volúmenes de datos.
Los autores del estudio coinciden en que será necesario ampliar la red de sensores de fibra óptica, fortalecer la capacidad de cómputo e impulsar nuevas investigaciones multidisciplinarias para confirmar la hipótesis y comprender con mayor precisión los mecanismos que originan los sismos locales en la capital del país.