A pocos días del inicio de la Copa Mundial de Futbol 2026, millones de aficionados alrededor del mundo se preparan para vivir una de las experiencias emocionales más intensas del deporte. Pero detrás de cada grito de gol, cada celebración y cada derrota dolorosa existe una explicación científica: el futbol activa mecanismos cerebrales que influyen directamente en las emociones y el comportamiento humano.
De acuerdo con Víctor Manuel Rodríguez Molina, especialista del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM, los partidos de futbol desencadenan una serie de procesos neurológicos que explican por qué los aficionados viven con tanta intensidad los triunfos y las derrotas de sus equipos.
El experto señala que uno de los principales protagonistas es el llamado circuito de recompensa, un sistema cerebral vinculado con el placer, la satisfacción y las experiencias positivas. Cuando un equipo anota un gol, consigue una victoria o realiza una jugada destacada, el cerebro libera sustancias químicas como las endorfinas, generando sensaciones de felicidad, entusiasmo y bienestar.
Por el contrario, cuando ocurre una expulsión, un penal en contra o una derrota inesperada, ese mismo sistema registra una disminución en la sensación de recompensa, provocando emociones como frustración, tristeza o enojo.
“Los humanos tenemos un circuito de recompensa y éste se alimenta por cosas que son placenteras o que nos hacen sentir bien. En el caso del futbol, este circuito se nutre cuando nuestro equipo gana”, explicó Rodríguez Molina.
Los especialistas sostienen que los eventos deportivos funcionan como espacios donde las personas liberan emociones que habitualmente permanecen contenidas. Durante un partido, la actividad cerebral experimenta cambios temporales que favorecen una mayor expresión emocional.
Según la UNAM, en esos momentos se incrementa la actividad de la amígdala cerebral, una estructura relacionada con las emociones, mientras disminuye la influencia de la corteza prefrontal, región encargada del razonamiento, el análisis y la toma de decisiones.
Este fenómeno explica por qué los aficionados pueden reaccionar de manera apasionada frente a una jugada decisiva, llorar tras una eliminación o celebrar de forma eufórica una victoria importante.
“Nuestro cerebro tiene un ámbito racional, pero al ver deportes, especialmente futbol, afloran nuestras emociones sin censura”, detalló el académico.
Además de los cambios individuales, el futbol fortalece el sentido de identidad colectiva. Compartir colores, símbolos, cánticos y emociones con miles de personas genera una sensación de pertenencia que puede amplificar las reacciones emocionales e incluso contagiar a quienes no son seguidores habituales del deporte.
Sin embargo, los especialistas advierten que la intensidad emocional no debe confundirse con conductas violentas. Aunque sentimientos como la frustración, la impotencia o la ira pueden surgir tras una derrota, el cerebro cuenta con mecanismos destinados a controlar los impulsos agresivos.
Cuando ese control falla, las emociones pueden transformarse en conductas perjudiciales, como agresiones físicas, enfrentamientos verbales o daños materiales.
“Cuando permitimos que los sentimientos negativos nos dominen, decimos que la emoción se transformó en una conducta”, explicó Rodríguez Molina.
El especialista subrayó que reaccionar con violencia después de un resultado deportivo no constituye una respuesta normal, sino que puede reflejar dificultades previas en el manejo de las emociones o problemas relacionados con la salud mental.
Otro aspecto destacado por la investigación es que las derrotas suelen permanecer más tiempo en la memoria que las victorias. Mientras los triunfos generan una satisfacción intensa pero pasajera, las derrotas producen una sensación de pérdida que obliga a los aficionados a replantear expectativas e ilusiones depositadas en su equipo.
“Tenemos una pérdida. Porque esperabas el triunfo de tu equipo y no lo tuviste”, explicó el académico.
Por ello, tras una derrota, es común que los seguidores busquen responsables, explicaciones o justificaciones para procesar el resultado, mientras que las victorias suelen aceptarse con mayor naturalidad.
Los especialistas concluyen que el futbol tiene la capacidad de activar mecanismos cerebrales relacionados con el placer, la identidad colectiva y las emociones intensas, convirtiéndose en una de las expresiones sociales más poderosas del mundo contemporáneo. No obstante, recuerdan que la verdadera esencia del deporte radica en disfrutar la pasión sin perder el equilibrio emocional y comprender que ningún resultado justifica la violencia.
En vísperas de una nueva Copa del Mundo, la ciencia confirma lo que millones de aficionados ya intuían: el futbol no sólo se juega en la cancha, también se vive intensamente en el cerebro.