La inteligencia artificial generativa se ha incorporado con rapidez a actividades que durante décadas exigieron directamente el esfuerzo de la mente humana. Desde resolver operaciones matemáticas hasta redactar textos, resumir documentos o generar ideas, cada vez más personas recurren a estas herramientas para reducir el tiempo y el esfuerzo necesarios para completar una tarea.
Este fenómeno no es completamente nuevo. La ciencia cognitiva lo ha estudiado durante décadas bajo conceptos como delegación cognitiva, memoria externa y mente extendida, que describen la tendencia de las personas a apoyarse en herramientas externas para almacenar información, resolver problemas o realizar procesos mentales.
Sin embargo, la expansión de sistemas como ChatGPT ha abierto una nueva interrogante: ¿qué ocurre con nuestras capacidades cognitivas cuando delegamos de manera constante tareas que antes realizábamos por nuestra cuenta?
Una de las investigaciones que puso el tema en el centro del debate fue realizada por investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT), quienes analizaron la actividad cerebral de jóvenes mientras utilizaban diferentes herramientas para redactar textos.
Durante tres sesiones, participaron 54 jóvenes, divididos en grupos: uno utilizó ChatGPT, otro recurrió a Google y un tercero realizó las tareas sin herramientas externas.
Los participantes que utilizaron ChatGPT registraron un desempeño inferior en distintos indicadores analizados por los investigadores, entre ellos la actividad neuronal, aspectos lingüísticos y la calidad de los textos. También mostraron una menor capacidad para recordar lo que habían escrito y reportaron sentirse menos conectados con las ideas plasmadas.
Los autores plantearon que una dependencia reiterada de la inteligencia artificial podría sustituir parte del esfuerzo necesario para desarrollar pensamiento independiente y propusieron el concepto de “deuda cognitiva” para describir los posibles costos acumulativos de esta dependencia.
Resultados que deben interpretarse con cautela
Aunque el estudio generó una amplia discusión sobre los posibles efectos de la inteligencia artificial en el cerebro, sus resultados no permiten afirmar que utilizar ChatGPT provoque inevitablemente una pérdida permanente de capacidades cognitivas.
Especialistas han señalado que la investigación tiene limitaciones y que la evidencia científica disponible sobre los efectos de la inteligencia artificial a largo plazo todavía es escasa y preliminar.
Buena parte de la literatura existente se mantiene en el terreno teórico o plantea recomendaciones sobre cómo evitar posibles consecuencias negativas del uso excesivo de estas tecnologías.
Por ello, convertir los resultados de una investigación inicial en la conclusión de que la inteligencia artificial genera necesariamente una “deuda cognitiva” permanente puede resultar prematuro.
La pregunta clave: ¿para qué usamos la IA?
Una de las variables que adquiere especial relevancia es la intención con la que una persona utiliza la tecnología.
Hace aproximadamente una década, los investigadores Evan Risko y Sam Gilbert desarrollaron un modelo cognitivo para explicar por qué las personas recurren a sistemas externos en lugar de utilizar directamente sus propios recursos mentales.
La delegación puede ocurrir porque una persona busca evitar un esfuerzo cognitivo o porque pretende mejorar su desempeño.
No es lo mismo pedirle a una inteligencia artificial que escriba un ensayo completo porque no se quiere realizar el trabajo, que utilizarla para obtener perspectivas, cuestionar argumentos, detectar errores o ampliar ideas propias.
La diferencia podría ser determinante para comprender las consecuencias cognitivas de estas herramientas.
¿Qué hacemos con el tiempo que ahorramos?
Otro elemento que plantea la investigación es qué ocurre con los recursos mentales que se liberan cuando una herramienta realiza una tarea.
Si una persona necesita menos tiempo para elaborar un resumen, estructurar un texto o encontrar información, puede utilizar ese tiempo para realizar otras actividades intelectuales y adquirir nuevos conocimientos.
Investigaciones anteriores sobre el uso de buscadores como Google han encontrado que la tecnología puede contribuir al aprendizaje cuando se utiliza para desarrollar estrategias de búsqueda y localizar información relevante.
La misma lógica podría aplicarse a la inteligencia artificial: utilizarla como un interlocutor para discutir conceptos, contrastar ideas o practicar habilidades podría producir efectos diferentes a simplemente solicitar una respuesta y aceptarla sin análisis.
El propio experimento del MIT aportó un indicio en esa dirección.
En una cuarta sesión, los participantes que originalmente habían trabajado con ChatGPT tuvieron que realizar la actividad sin la herramienta, mientras que quienes habían utilizado Google o trabajado sin asistencia tecnológica tuvieron acceso a la IA.
Los primeros mantuvieron niveles inferiores de actividad cerebral y desempeño, mientras que los otros participantes mostraron un incremento en ambos indicadores.
Este resultado sugiere que el efecto de la inteligencia artificial puede estar relacionado con la forma en que se incorpora al proceso de pensamiento, y no únicamente con el hecho de utilizarla.
La IA también puede convertirse en herramienta de aprendizaje
El debate adquiere especial importancia en el ámbito educativo, donde la inteligencia artificial comienza a utilizarse para redactar, resolver problemas, investigar y estudiar.
El desafío no necesariamente consiste en prohibir estas herramientas, sino en determinar qué tareas pueden automatizarse y cuáles deben seguir exigiendo un esfuerzo cognitivo significativo.
Una herramienta de IA puede realizar una tarea completa y ahorrar tiempo, pero también puede utilizarse para generar preguntas, explicar conceptos desde diferentes perspectivas, identificar errores o desafiar los argumentos de un estudiante.
En este segundo escenario, la tecnología podría complementar el aprendizaje en lugar de sustituirlo.
Por ahora, la denominada “deuda cognitiva” debe entenderse como una posibilidad que requiere mayor investigación, no como una consecuencia inevitable del uso de la inteligencia artificial.
La investigación del MIT abre una puerta importante para estudiar cómo estas tecnologías modifican nuestra actividad cerebral, pero todavía no permite determinar cuáles serán sus efectos después de años o décadas de utilización.
La pregunta, por tanto, no parece ser únicamente si la inteligencia artificial nos vuelve menos inteligentes, sino qué parte de nuestro pensamiento estamos delegando, por qué lo hacemos y qué hacemos con las capacidades y el tiempo que la tecnología nos permite liberar.