México enfrenta una de las crisis de salud pública más severas de su historia. Con un consumo promedio de 166 litros de refresco por persona al año —el más alto del mundo— y 192 mil 563 muertes por enfermedades cardiovasculares registradas en 2024, el país vive las consecuencias de cuatro décadas de transformación alimentaria marcada por el crecimiento de los productos ultraprocesados y las bebidas azucaradas.
De acuerdo con la Secretaría de Salud, el aumento de padecimientos como obesidad, diabetes, hipertensión y enfermedades del corazón no es producto del azar, sino de cambios sostenidos en los hábitos de consumo de la población. La dependencia creciente de alimentos con altos contenidos de grasas saturadas, grasas trans, sodio y azúcares añadidos ha modificado profundamente el perfil epidemiológico nacional.
Los efectos de la comida chatarra sobre el organismo van mucho más allá del aumento de peso. Especialistas explican que estos productos dañan el sistema cardiovascular mediante tres mecanismos principales: el deterioro del perfil lipídico, la inflamación crónica y la afectación del endotelio, la capa interna de los vasos sanguíneos.
Las grasas saturadas elevan los niveles de colesterol LDL, conocido como “colesterol malo”, favoreciendo la formación de placas en las arterias. Por su parte, las grasas trans industriales, presentes en numerosos productos procesados, no solo aumentan el LDL, sino que reducen el colesterol HDL, encargado de proteger el sistema cardiovascular, incrementando significativamente el riesgo de enfermedad coronaria.
A ello se suma un proceso inflamatorio que acelera el deterioro vascular. Diversos estudios han demostrado que las grasas trans elevan marcadores asociados con inflamación sistémica, mientras que el daño al endotelio reduce la elasticidad arterial y favorece el desarrollo de aterosclerosis, condición que puede desembocar en infartos o accidentes cerebrovasculares.
La evidencia científica más reciente indica que los efectos nocivos aparecen mucho antes de lo que se pensaba. Investigaciones realizadas en Canadá revelaron que apenas dos horas después de consumir una comida rica en grasas saturadas ya pueden detectarse alteraciones en el flujo sanguíneo y en la función de los vasos sanguíneos. Otros estudios documentaron una reducción de hasta 24 por ciento en la capacidad de dilatación arterial tras una sola comida considerada chatarra.
Incluso periodos cortos de alimentación poco saludable generan cambios metabólicos relevantes. Investigadores de la Universidad de Oxford encontraron que apenas tres semanas y media de una dieta rica en grasas saturadas elevan cerca de 10 por ciento los niveles de colesterol total y colesterol LDL, además de incrementar la acumulación de grasa en el hígado, aun cuando el peso corporal permanezca estable.
Las bebidas azucaradas representan uno de los mayores factores de riesgo. Metaanálisis recientes realizados con más de 1.2 millones de personas concluyen que un consumo elevado de refrescos y otras bebidas endulzadas incrementa 17 por ciento el riesgo de enfermedad cardiovascular y 23 por ciento el de cardiopatía coronaria. Además, quienes consumen dos o más porciones al día presentan un riesgo 31 por ciento mayor de morir por enfermedades cardiovasculares en comparación con quienes las consumen de manera esporádica.
El problema se agrava debido a que el azúcar de alta fructosa, utilizado ampliamente en refrescos industriales, favorece la acumulación de grasa hepática, eleva los triglicéridos, promueve resistencia a la insulina y genera inflamación arterial. Investigaciones recientes también han descartado que la actividad física sea suficiente para contrarrestar completamente estos efectos cuando el consumo de refrescos es elevado.
La transformación de la dieta mexicana durante las últimas cuatro décadas refleja la magnitud del desafío. Mientras en la década de 1980 menos del 10 por ciento de los adultos padecía obesidad, actualmente casi tres de cada cuatro presentan sobrepeso u obesidad, según datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT).
Las cifras muestran además que 11 por ciento de la población vive con diabetes; 17.4 por ciento padece hipertensión arterial; 26.1 por ciento tiene colesterol elevado; y 49 por ciento registra niveles altos de triglicéridos. Asimismo, 4.4 por ciento de los mexicanos ya cuenta con un diagnóstico de enfermedad cardiovascular.
La situación afecta también a la población infantil. Siete de cada diez niños y adolescentes consumen refrescos diariamente, incluso durante el desayuno, mientras que cuatro de cada diez menores presentan sobrepeso u obesidad.
Según estimaciones oficiales, uno de cada tres nuevos casos de diabetes y uno de cada siete nuevos casos de enfermedades cardiovasculares en México están directamente relacionados con el consumo de bebidas azucaradas.
Además del impacto humano, la carga económica es considerable. La Secretaría de Salud estima que el sistema sanitario destina cerca de 180 mil millones de pesos anuales para atender enfermedades vinculadas al sobrepeso, la obesidad, la diabetes y la hipertensión. Tan solo en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), cuatro de cada diez consultas en medicina familiar están relacionadas con estos padecimientos.
Las consecuencias también se reflejan en la calidad de vida de los pacientes. Las autoridades sanitarias advierten que quienes desarrollan estas enfermedades pueden perder hasta una década de vida saludable debido a complicaciones como insuficiencia renal, amputaciones, infartos o accidentes cerebrovasculares. Durante 2024, las complicaciones derivadas de la diabetes provocaron alrededor de 27 mil amputaciones en el país.
Frente a este panorama, especialistas y autoridades coinciden en que la reducción del consumo de refrescos y alimentos ultraprocesados constituye una de las medidas más urgentes para contener una crisis sanitaria que ya se ha convertido en uno de los mayores desafíos para la salud pública nacional.