El avance del calentamiento global no solo acelera el deterioro de ecosistemas visibles como los polos o los arrecifes de coral, sino que también comienza a afectar un aspecto menos evidente pero crucial: la capacidad reproductiva de la fauna, lo que podría tener consecuencias directas en la seguridad alimentaria mundial.
De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, entre 2023 y 2025 la temperatura del planeta alcanzó un incremento de 1.48 grados Celsius respecto a niveles preindustriales, colocándose a un paso del límite de 1.5 °C fijado como umbral crítico en el Acuerdo de París de 2015.
El investigador de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, Hugo O. Toledo Alvarado, advirtió que el aumento sostenido de las temperaturas genera episodios prolongados de estrés calórico en los animales, lo que afecta directamente su capacidad para reproducirse.
“El problema es que los animales pueden aclimatarse temporalmente, pero su adaptación genética es mucho más lenta. Esto dificulta que alcancen condiciones óptimas para procrear y garantizar la supervivencia de sus especies”, explicó.
Un ejemplo de este fenómeno se observa en las tortugas golfinas, cuyos huevos, depositados en arenas cada vez más calientes, presentan menor viabilidad. Además, la temperatura determina el sexo de las crías, provocando un desbalance poblacional al nacer predominantemente hembras.
Diversos estudios internacionales han documentado que el estrés térmico impacta no solo a la fauna silvestre, sino también a animales domésticos, especies marinas e incluso a los seres humanos, afectando funciones reproductivas y reduciendo el éxito reproductivo.
Las implicaciones de este fenómeno van más allá del ámbito ecológico. La disminución en la reproducción de especies destinadas al consumo humano podría comprometer la producción de carne, leche y otros alimentos, generando presión sobre los sistemas productivos.
En este contexto, surge una paradoja: para compensar la menor productividad del ganado, se incrementa el número de animales, lo que a su vez eleva las emisiones de metano, uno de los principales gases de efecto invernadero. Actualmente, el ganado aporta cerca del 28 por ciento de estas emisiones a nivel global.
A nivel científico, ya se observan señales de alerta mayores. En octubre de 2025, un grupo de 160 investigadores de 23 países advirtió que el planeta alcanzó su primer punto de inflexión climática, lo que podría derivar en la desaparición masiva de arrecifes de coral, considerada antesala de un colapso ambiental más amplio.
Frente a este panorama, especialistas impulsan estrategias de adaptación. En México, investigadores trabajan en el desarrollo de especies más resistentes a condiciones extremas. Un ejemplo es la creación de la raza ovina “Mevezug”, diseñada para prosperar en ambientes cálids y con escasez de agua.
Asimismo, instituciones como el Centro Nacional de Recursos Genéticos resguardan material biológico —como embriones, espermatozoides y semillas— con el objetivo de preservar la biodiversidad ante posibles escenarios de extinción.
No obstante, los expertos coinciden en que las acciones emprendidas hasta ahora han sido insuficientes. Mientras algunos países reducen sus compromisos ambientales o cuestionan el cambio climático, la comunidad científica insiste en la urgencia de replantear los modelos de producción, disminuir la dependencia de hidrocarburos y adoptar medidas más efectivas.
“El clima está cambiando más rápido de lo esperado y debemos prepararnos. Es necesario transformar nuestra relación con el planeta”, concluyó Toledo Alvarado.