El auge de plataformas de video corto como TikTok no solo responde a la eficacia de sus algoritmos, sino también a factores emocionales y cognitivos en los usuarios, particularmente entre jóvenes con ansiedad de apego, revela un estudio reciente publicado en la revista Frontiers in Psychology.
La investigación, titulada “From Attachment Anxiety to Short Video Addiction: The Roles of Attentional Control and Alexithymia” y realizada por el académico Haodong Su, de la Anhui Science and Technology University, encontró que este tipo de ansiedad —caracterizada por el miedo al rechazo, la necesidad constante de validación y dificultades para regular emociones— se relaciona directamente con un mayor riesgo de consumo problemático de videos cortos.
El estudio, basado en una muestra de 342 estudiantes universitarios chinos de entre 18 y 22 años, identificó dos factores clave que explican esta relación: un menor control de la atención y la presencia de alexitimia, es decir, la dificultad para identificar y expresar emociones.
Los resultados evidencian que la ansiedad de apego no solo incrementa la probabilidad de engancharse a este tipo de contenido, sino que lo hace a través de una cadena de efectos. Primero, reduce la capacidad de concentración; posteriormente, esta disminución del control atencional se asocia con mayores dificultades emocionales, lo que finalmente deriva en un uso más intensivo y potencialmente adictivo de estas plataformas.
Las correlaciones más relevantes muestran que la alexitimia mantiene la relación más fuerte con la adicción a videos cortos, mientras que el control atencional actúa como un factor protector al reducir dicha tendencia. Sin embargo, al integrar ambos elementos en un solo modelo, los investigadores encontraron que el efecto directo de la ansiedad de apego desaparece, dando paso a un impacto indirecto mediado por estas variables.
El análisis subraya que el fenómeno no puede atribuirse exclusivamente al diseño de las aplicaciones o a la personalización algorítmica, sino que también responde a diferencias individuales previas que hacen a ciertos usuarios más vulnerables al entorno digital.
En este sentido, los autores plantean que estrategias como el entrenamiento cognitivo, prácticas de mindfulness o terapias enfocadas en el reconocimiento emocional podrían ayudar a mitigar estos riesgos.
No obstante, el estudio también advierte limitaciones, como el uso de cuestionarios de autorreporte, el desequilibrio de género en la muestra y su carácter transversal, lo que impide establecer una relación causal definitiva. Aun así, los hallazgos aportan una nueva perspectiva sobre el impacto psicológico del consumo digital en una generación cada vez más expuesta a estímulos inmediatos y altamente personalizados.